Pieza destacada de noviembre en el METCAN

sello

El Museo Etnográfico de Cantabria presenta para noviembre como pieza destacada un sello de pan de trigo  realizado en madera y cuerno de procedencia desconocida y elaborado en la Edad Contemporánea.

El pan comido, hace al que lo da amigo.
Con buen pan y mucha leña, el invierno a nadie empeña.

La sociedad rural de Cantabria ha estado articulada, fundamentalmente, en torno a la agricultura y la ganadería, esta última de forma intensiva a partir del siglo XX. Sin embargo, las condiciones físicas no han sido las más propicias para el desarrollo de los cultivos tradicionales panificables (el trigo, la cebada, el centeno, la avena, el mijo y el panizo); sólo gracias a la importación de ciertas especies americanas como el maíz, la agricultura regional alcanzó un éxito económico notable.

Dentro de esta precaria economía de subsistencia, cabría señalar la importancia que tuvo el pan, especialmente el de maíz o borona, que constituyó, hasta mediados del siglo XX, el alimento básico de la dieta campesina montañesa, excepto en las comarcas meridionales y otros enclaves de la región, donde se mantuvo el consumo de pan de trigo y de centeno. Introducido en Cantabria a finales del siglo XVI, el maíz adquirió gran trascendencia un siglo después, gracias a su fácil adaptación a la tierra y a su gran rendimiento. La borona se conseguía amasando agua y sal en una artesa o masera que, una vez moldeada, se colocaba sobre una plancha colgada del jarrial, cubierta con un talo de metal; encima de todo ello, iban cenizas y brasas, para favorecer la cocción.

Junto al pan de maíz o borona se consumía también, aunque en menor medida y en función de las zonas, el pan de trigo; la apertura del llamado Camino de las Harinas, en la segunda mitad del siglo XVIII, no haría si no facilitar su elaboración gracias a la comunicación de la meseta castellana con el puerto de Santander. Cuatro son los ingredientes históricos del pan de trigo: la harina, el agua, la levadura y la sal. Su preparación era, al igual que en el caso de la borona, una actividad más de la vida doméstica y una tarea femenina. Se realizaba una vez a la semana o cada quince días; sin embargo, en este proceso de panificación, era indispensable la utilización de un horno. Dado que, tiempo atrás, no todos los hogares disponían de uno propio, la preparación debía ser llevada a hornos comunitarios para su cocción; la confluencia en los hornos comunales de panes de distintas familias planteó la necesidad de diferenciar las piezas: surgió, así, el hábito de marcar su superficie.

Dentro del grupo de señales que identificaban a la persona que había realizado las piezas, se encuentran los cortes (con cualquier elemento punzante y cuya primera finalidad era facilitar la subida de la masa durante la cocción) y los sellos de pan. Estos últimos, llamados senyaladors, bigarradors, crecedores, pintas o marcadores, abarcaban y abarcan, pues aún hoy se siguen utilizando (por ejemplo, en las coques bones y los retorts catalanes), un amplio abanico de formas y materiales. En su estructura, se distinguen tres partes: el mango, la base y la impronta, o el sello propiamente dicho. Su ejecución material está relacionada con el trabajo de los carpinteros y, en ciertas ocasiones, con el de los pastores; en este sentido, los sellos de pan constituyen una expresión representativa de la artesanía popular.

En concreto, este ejemplo que presentamos como pieza del mes consta de un asidero de madera corto y ancho, macizo y torneado con estrechas incisiones radiales, un disco de cuerno y un soporte circular como base, también de madera. El disco muestra una composición que tiende al horror vacui a partir de varios motivos rehundidos, en sentido inverso (positivados una vez marcado el pan) y tallados, probablemente, a punta de navaja: una inscripción, “VIVA JESÚS, MARÍA Y JOSÉ”, un cáliz con tres estrellas y un corazón a cada lado, las iniciales “V A”, en referencia al propietario, y sendas espigas de trigo ornamentan el conjunto. Podemos concluir, de esta suerte, que más allá del ámbito estricto de la alimentación, el pan también ha ocupado un lugar especial en cuanto a su función como soporte para la representación de connotaciones simbólicas.

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