Un salero, pieza destacada de diciembre para el METCAN

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El Museo Etnográfico de Cantabria presenta un salero hecho con madera de nogal utilizado para guardar tanto la sal como las especias, de procedencia desconocida, y que es representativo de los utensilios de cocina de la época contemporánea en nuestra comunidad.

Mejor será la sal en el salero que de sobra en el puchero.

El vivir como el comer, con sal y pimienta han de ser.

Este salero presenta el cuerpo trabajado en una pieza de madera compacta, en este caso de nogal. De la forma de 8 acostado, resultan dos compartimentos vaciados, destinados a acoger la sal y el pimentón. Ambas concavidades se cierran con sendas tapas, que consisten en una pieza de igual sección pero más delgada y que giran sobre el eje. Es, en ese espacio, donde se dispone un pivote rematado en bola, más o menos esférica, que hace la función de asidero equilibrado; la sección presenta un saliente picudo, a modo de diente. Merece especial atención la discreta decoración geométrica de las dos tapas, de tímida voluntad decorativa, que consiste en tres círculos concéntricos rehundidos.

La cocina es, con toda probabilidad, la pieza más importante de la casa montañesa. No en vano, en ella se desarrollaba la vida durante largas temporadas, especialmente las que se correspondían con los ciclos de inactividad agrícola. Este núcleo del discurrir doméstico solía ser espacioso y, en él, ocupaba un lugar predominante el hogar, de diferente estructura en función de los valles. Espacio esencialmente femenino, la cocina funcionaba, además de como cuarto de estar, lugar de reunión y tertulia y taller ocasional, como escenario de otras actividades principales para satisfacer las necesidades más básicas; entre ellas, se puede destacar la de la transformación de los alimentos. Así, el calor de la lumbre y la cotidianeidad de la cocina acogían la elaboración del pan de maíz o borona, quesos, mantequillas y carnes tras la matanza del chon, por ejemplo.

Esta agitada actividad se descubre, en el presente, gracias a los diferentes objetos que componían el ajuar de la cocina, de los cuales da buena muestra el museo: jarriales y trébedes, para acondicionar y aprovechar el fuego del hogar; candiles, velones o candeleros, destinados a la iluminación de la estancia; escudillas y cucharas que componían el servicio de mesa o, por ejemplo, jarras, palanganas y cántaros, utilizados en el trasiego del agua, entre otros. Todos ellos, en esencia, no sufrieron grandes cambios hasta mediados del siglo XX, dado que se mantuvieron ceñidos a la precaria economía de la sociedad rural tradicional. Su fabricación atañía, en general, al trabajo manufacturero, atendiendo en la elección de los materiales a la función a la que se destinaba el objeto. Aunque la madera se convirtió en el componente fundamental de la mayor parte de los utensilios, se ha de señalar que también estuvieron presentes enseres de hierro fundido, vidrio, loza, barro, latón y cobre, que se compraban en las ferias y mercados en función de la capacidad adquisitiva de la familia.

Entre todos estos utensilios, se encuentra el salero o especiero, recipiente que custodiaba los ingredientes básicos para aderezar las diferentes carnes; por lo tanto, su utilidad no era otra que facilitar las labores de transformación de los alimentos. Existe una gran diversidad de objetos que, históricamente, se han utilizado para guardar la sal: calabazas, bolsas de piel y cuernos, troncos excavados o botes de corcho, paja, metal, barro cocido o madera. Estos últimos representan el grupo más amplio entre esta clase de recipientes, localizándose una gran variedad de formas (de tipo caja, bipartitos, zoomórficos, etc.) y de motivos decorativos ornamentando sus superficies. Se debe, pues, imaginar este útil bien próximo al fuego, bien en la mesa, entre el humo, recibiendo las quemaduras de las pavesas, golpeado y gastado irregularmente e impregnado de grasa a consecuencia de su constante manipulación.

Es cierto que estos objetos han ido cayendo en desuso, dejando paso a piezas fabricadas en serie y en otros materiales, como el plástico o el acero inoxidable, y que, hoy en día, y en el mejor de los casos, se cotizan en el mercado anticuario como meras piezas decorativas. Sin embargo, los saleros y especieros interesan por múltiples cuestiones como, por ejemplo, su sorprendente variedad y el carácter tradicional que ha mantenido en muchas regiones. Obras llenas de fuerza intuitiva, los saleros revelan una pericia manual sin parangón, pues son el resultado de una larga y pesada labor; a falta de medios y herramientas, en muchas ocasiones se conseguían a punta de navaja. Se trata, pues, de una artesanía que, en raras ocasiones, se hacía por oficio, sino todo lo contrario: un mero entretenimiento o una necesidad, a falta de medios mejores para conseguirla. En palabras de Francisco Santamatilde (1969: 85), los saleros nos proporcionan la esencia y resumen del patrimonio de cada hogar.

 

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