En abril, la pieza destacada es el tenebrario

El Oficio de Tinieblas u Officium tenebrarum es el servicio litúrgico del oficio divino, dentro del rito romano, que se llevaba a cabo en los tres últimos días de la Semana Santa. Dado que este rezo se enmarcaba dentro de la Liturgia de las Horas, de jueves, viernes y sábado, en ese momento, es decir, durante la conmemoración anual cristiana de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret, se anticipaba a la víspera. Tenía, por lo tanto, la particularidad de hacerse al atardecer, en “tinieblas”, de ahí su nombre. Actualmente, este oficio como tal ha desaparecido salvo en contadas congregaciones y parroquias, siendo lo más habitual la adaptación de algunas de las antiguas particularidades en el ordo del Vaticano II, con el fin de transmitir y de ayudar a comprender el simbolismo de la luz en la noche de Pascua.

La celebración del oficio giraba en torno a un objeto, el tenebrario, instalado en el presbiterio. Este candelabro de forma triangular presentaba las quince velas que se iban apagando progresivamente, lo mismo que las luces del templo, después del canto de los salmos y las lamentaciones del profeta Jeremías (650-585 a.C.). El rito se iniciaba por la vela situada en el ángulo inferior derecho, apagándose el resto al final de cada salmo, alternativamente a uno y otro lado del candelabro; dado que había nueve salmos en los Maitines y cinco en las Laudes, al final sólo quedaba encendida la vela del vértice superior, la más alta del triángulo, que solía ser blanca, en contraposición al resto, de color amarillo. Entonces, se cantaba el Miserere, a la vez que se ocultaba el tenebrario detrás del altar, simbolizando la entrada de Jesús en la sepultura y la consiguiente sumisión en la oscuridad de la Iglesia, en espera de la luz que surgiría en la Vigilia Pascual. Una vez finalizado el salmo penitencial, el clero y los fieles producían estrepitosos sonidos provistos de carracas, matracas y mazucos, simulando la conmoción y los estremecimientos que acontecieron a la naturaleza al morir Jesucristo; la sonoridad cesaba repentinamente al reaparecer la luz trasladada por el tenebrario de detrás del altar, símbolo del resucitado.

Según recoge Juan Mabillon (1632-1707), la utilización de un objeto similar en la liturgia de Semana Santa aparece ya mencionada en un ordo del siglo VII. Desde entonces, el modelo no haría sino evolucionar, variando el número de velas desde siete, nueve, doce, veinticuatro y hasta treinta, configurándose para acoger quince desde, al menos, el año 1912. Además, a lo largo de este complejo proceso, y tal como ocurrió con otros elementos del mobiliario litúrgico, el tenebrario recibió la atención de los orfebres y carpinteros más afamados del momento, convirtiéndose en verdaderas obras de arte.

Las interpretaciones, respecto a su simbolismo, son divergentes: para unos, el triángulo en sí representa la muerte de Jesucristo en la cruz y, para otros, la Santísima Trinidad. Así, en la primera lectura, las quince velas representarían a los once apóstoles (Simón, Santiago el Mayor, Andrés, Juan, Felipe de Betsaida, Bartolomé, Tomás, Mateo, Santiago el Menor, Judas Tadeo y Simón el Cananeo), a las tres Marías (María de Cleofás, María Magdalena y María Salomé), es decir, quienes acompañaron a Jesús el día de la crucifixión, situando a la Virgen María en el vértice por ser la única que creyó en la Resurrección; la extinción gradual de las velas tiene que ver con la fe menguante de apóstoles y discípulos. Hay, incluso, quien modifica esta estructura concediendo a Cristo la vela más alta.

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