El rastro, pieza destaca de septiembre

Se aproxima el otoño y hay que ir pensando en preparar la tierra para la siembra mediante el arado, el desterronamiento y el abonado de la misma. Los aperos empleados para llevar a cabo estas labores van a ser, principalmente, arados, layas, azadas, azadones, sarcillos, porras o gradas. A estas últimas, que en Cantabria se las conoce con el nombre de rastros, dedicamos el mes de septiembre.

Se comenzaba por arar la tierra, en el caso de que el terreno ya hubiera sido dedicado al cultivo. Lo más habitual, cada vez que se pasaba la reja, era proceder a desmenuzar los terrones que se formaban, trabajo que requería el empleo de métodos de tracción animal como es el caso del rastro, aunque en ocasiones se empleaba la fuerza motriz del hombre desterronando con la azada o la porra, dependiendo de la dificultad, el tipo de suelo o la disponibilidad de animales de tiro.

Esta pieza consiste en una plataforma de madera con púas, también de madera en su origen y posteriormente metálicas, que se arrastraba por la tierra con el fin, ya mencionado, de desmenuzarla y allanarla una vez arada. Igualmente, podía servir para cubrir la simiente o el estiércol destinado para abonar. De nuevo, la materia prima empleada va a ser la madera, una de las más abundantes y aprovechadas en Cantabria desde tiempo inmemorial, lo que facilitará su fabricación artesanal por los propios campesinos durante los tiempos muertos de los ciclos agrícolas. Los únicos elementos de metal que tiene el rastro serán los clavos que van unidos al timón y los dientes o púas, de ahí la importancia de la figura del herrero, personaje relevante en el mundo rural, que complementaba los aperos, herramientas y otros utensilios necesarios para la vida cotidiana de la comunidad.

A lo largo del tiempo y según las zonas, la variedad tipológica de rastros ha sido muy variada. Como nos dice Mingote Calderón “…desde el simple tronco o una serie de ramas sobre las que se coloca una piedra hasta rodillos de piedra o madera (con o sin dientes los últimos), y lo que es más normal, armazones de madera con dientes en su parte inferior o armados de varas entretejidas o sin ningún tipo de aditamento. La introducción de gradas metálicas de origen industrial ha unificado tipos, al ser copiadas desde hace tiempo por herreros locales”.

No están muy claros los orígenes de este utensilio. Su empleo y aumento de uso es evidente en la Edad Media. Con anterioridad a esta fecha, no parece que podamos hablar del rastro como tal, con púas en su armazón, hasta los romanos y solo a partir del siglo I d. de C. Al igual que la mayor parte de los aperos utilizados en la Edad Media, apenas sufrirá variaciones hasta los inicios de la mecanización que, en Cantabria, al igual que en otras muchas zonas de nuestro país, no llegará hasta casi mediados del siglo XX, dándose un paso decisivo en la modernización de la agricultura, con la consiguiente mejora de los cultivos y el ahorro de esfuerzo físico, factores entre otros, que supusieron un avance considerable de las condiciones de vida del campesino montañés.

Una vez más, el ingenio y la destreza física del hombre, el conocimiento y la sabiduría transmitida a lo largo de muchos años de experiencia, serán los protagonistas de este apero que, junto con la fuerza animal, han permitido al labrador preparar sus tierras para la sementera.

No queremos acabar esta breve reseña sin mencionar una de las referencias que se tienen del rastro en relación con el mundo de las ideas y creencias que forman parte del patrimonio inmaterial de Cantabria. Nos referimos a su relación con alguno de los seres mitológicos que pueblan los relatos y leyendas de nuestras aldeas: las sirenas. Es García Lomas quien recoge de Escagedo Salmón, una referencia, en un escudo nobiliario, de un rastro tirado por bueyes atrapando a una sirena: “Fáltanos, por habernos fallado todos nuestros intentos para su localización, el escudo “Pumarejo y Liaño. (De Cayón y Sobarzo). Azul, cruz de oro floreteada y al pie de ella dos bueyes que tiran de un rastro, y en él está un hombre que saca una sirena por los cabellos de entre otras que están en agua del mar; el hombre, desnudo, con unos pañetes como si saliera del mar, él y los bueyes salieron llenos de conchas de oro, y al pie de la cruz también conchas”.

La asociación con estos personajes no solo es propia de Cantabria. A lo largo de todo el norte peninsular y en algunas zonas de Portugal, se tiene constancia de esta asociación de las gradas o rastros con seres mitológicos, o con las cuevas y el mundo subterráneo, dentro de un complejo mundo de simbolismos y supersticiones.

Con el rastro, queremos dar vida, una vez más, a uno de los aperos de labranza, que custodiamos en el Museo, todo un tesoro de saber ancestral que se ha mantenido a través de los siglos hasta la llegada de la industrialización.

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